Presentación para el Portal Web de Galería Navegante.com | Dirigido por Abraham Gustin.

Absorto en la vuelta, el mundo se reconstruye a pedazos en rededor mío, como un rompecabezas donde se han perdido definitivamente algunas piezas. Dos meses parecen años de silencio, donde la sombra de lo inamovible continúa en su inexorable peregrinar.

Me siento e intento reflexionar sobre algo que importa y siempre importará en esas tierras lejanas que muchas veces buscamos como soluciones mágicas, o como ungüento del alma terriblemente asolada. La confrontación informal, ese intercambio no institucionalizado, la inter-relación entre creadores y no creadores no programadas, las conversaciones sin conversación, las ideas inteligentes envueltas en alcohol, o en el degustar de un buen vino. Donde el vedetismo no es la estrella de ninguno de los actos, solo el espacio vacío e inmune a toda apropiación indebida, solos y sin testigos mecánicos, de cara a las ideas desnudas.
Me detengo y veo con nostalgia esa confrontación del café, del bar, del azar, del encuentro fortuito en una buena biblioteca, donde el rugir de decenas de máquinas impresoras buscan referencias bibliográficas para seguir en el infinito camino de la investigación en cualquiera de las dependencias del alma. Ya no la busco, sé que se ha ido.

Me vuelven a presentar a Tulio, quien escucha un poco descuidado, luego comenta con agrado que intenta revivir estas ideas de la confrontación casera, solo queda como una hermosa idea esparcida en el aire, el buen aroma de un vino que nunca se destapa. Ernesto con ese rostro pícaro asiente de buena manera, todo sabemos que oculta increíbles experiencias, un personaje digno de la pantalla grande, todos deseamos compartirlas, pero el ruido no deja, mi limitación auditiva en semejantes escenarios me regresa a la casa del sordo, me reencuentro con el perro semihundido en la arena. Ernesto se regresará el lunes a la Biblioteca de la Fundación con toda aquella inmensa magia que esconde. Al trote sube el volumen, la mesa se diluye y el extranjero apurado por vivir la intensidad del trópico, nos punza a buscar algo más intenso, algo de eso que llaman las “fiestas rave”, de lo cual afortunadamente pude escapar ileso. Así se desencuentra la confrontación del azar, de algo que pudo ser y no fue. Me regreso al pozo negro del tiempo, de mis ideas, hacia la punta del vértigo de la pregunta fundamental. Mientras que ellos discuten, recreo en mi mente una idea Mironiana: “Ese aspecto jovial que Ud. dice es un poco el hábito que uno viste. Me sirve de descanso. Cuando estoy en mi taller, y es la mayor parte del tiempo, y siempre a solas, soy muy violento; cuando salgo de él descanso”.

Avido en leer lo que ha acontecido me siento en mi computadora y accedo a los archivos de algunos periódicos y revistas locales, no encuentro nada, la crítica se desvanece entre las manos como agua poco cristalina, que lamentablemente se aleja de la rica y sana confrontación escrita para caer en la misma trampa de siempre, la tarea de “construir” en la destrucción, de demoler toda forma de memoria, de la necesidad de no dejar que la siembra se vuelva cosecha, la tarea de enajenarnos mas en la adjudicación de juicios de valor a todo lo que vemos, en fin esa idea absurda de despotricar por despotricar, para que de todos modos el medio mudo ni se inmute.

Me parece interesante citar algunas palabras del crítico José Ignacio Roca en su columna de Arena Nº 1:

“A menudo se dice, citando a Marta Traba, que la crítica debe ser destructiva; pero en el contexto de ese artículo (crítica destructiva; la reacción y saber decir que no, Revista Estampa, 1960), Marta Traba utiliza la expresión para referirse a aquella crítica que se opone a la actitud benéfica, paternalista y conciliatoria de la llamada crítica “constructiva”, que todo lo absuelve y lo redime teniendo en cuenta nuestra irreparable mediocridad y considerándonos como débiles mentales que, en este continente subdesarrollado, »hacemos lo que podemos«.

“La crítica debe explicitar una posición personal frente a un tema específico, y debe servir como instancia de control tanto para el artista como para el público. Esta posición incisiva se sustenta en un análisis profundo del sujeto de su estudio, y no se enfoca en aspectos superficiales o anecdóticos para de allí desarrollar un argumento: hacen falta mas nueces y menos ruido.”

Me llaman a unas conversaciones con el público, pero no tengo deseo de confrontar en esta forma. Solo quiero acercarme en estos momentos a esas ideas de lo orgánico, de lo que fluye, de lo que no necesariamente es pragmático y que no encuentra curso. Ya me aburre la idea del certificado para conversar, para debatir, de la necesidad que lo oficial, que lo “público” participe. Los puntos de encuentro no existen y por lo que se vislumbra no existirán, porque estamos frente a un problema de actitud, tal vez de idiosincrasia “reciente”. Se hacen intentos fallidos, ideas que bullen, pero no aglutinan.

Recuerdo en algún punto haber conversado ya de esto con Abdel, pero ya hace algunos años que las ricas noches de discusión en una Galipán ya desaparecida y golpeada, sencillamente ya no ocurre.

Sigue vigente mas que nunca esa idea de Beuys “cada hombre, un artista”, pero no utilizando lo que nos sirve para darle base a nuestro propio razonamiento, tomar la ecuación sin dogmatismo y permitir su reacción orgánica y fluida dentro de la totalidad de los eventos. Un modelo de sociedad en cuyo centro se encuentra el ser humano creativo, arte y creatividad en toda su extensión como únicas fuerzas de cambio.

Nuevamente aparece ante mí la idea de fuga, una suerte de puente imaginario hacia las islas oxigenadas, un oasis con suficiente inteligencia para acercarse al ritmo de los procesos.

Con ojos tristes, vuelvo la mirada hacia aquello que pudo ser y no fue y me pregunto insistentemente ¿adónde se fue la confrontación?

Abraham Gustin.Artista Plástico.Caracas 25de Enero de 2000.